domingo, 3 de enero de 2010

El socialismo que queremos



Por:Douglas zabala

Publicado en aporrea.com el 01/08/07


Ya antes del 1848 cuando Marx Y Engels sacaron aquel manifiesto, anunciando que había un fantasma que recorría al mundo, se habían escritos toneladas de letras sobre el socialismo. Mucho antes de que a Bakunin y Proudhon se les metiera el anarquismo en la cabeza, en contraposición de lo que denominaron el nuevo Capitalismo de Estado “propuesto” por los Marxistas, había debate acerca de como enmacipar a las masas y con ellas construir la nueva sociedad. De manera que este debate nada tiene de novedoso; pero si de interesante. Porque si en algo todos debemos estar de acuerdo, es que transitamos momentos de grandes revueltas sociales, y aquí tenemos uno de los epicentros más agudos del continente y quizás del mundo. Ya el mismísimo Alan Woods con la sapiensa que lo caracteriza ha señalado, que “…hay que ser particularmente ciego u obtuso para no ver que ésta es precisamente la situación que se está produciendo en Venezuela. En los años recientes, pero especialmente desde el intento de golpe de estado de abril de 2002, millones de trabajadores y campesinos han empezado a moverse, a luchar para cambiar la sociedad. Si esto no es una revolución, entonces nunca más lo veremos. Sólo el sectario más acérrimo no sabrá comprender esto”.

Estas cavilaciones me obligan entonces, a evitar tantas disquisiciones ideológicas y también a hacer lo mismo que muchos doctos y eruditos sobre la materia. De allí que prefiero pasearme por el socialismo que queremos, y que irá naciendo al calor de nuestra propia cotidianidad.

Todo seria sencillo si de verdad, en vez de dirigentes forrados de contratistas y contratos tuviésemos activistas revolucionarios empujando a las masas a dar el salto definitivo. Este socialismo que ahora el camarada Hugo lo llama petrolero, seria más real si de verdad verdad PDVSA se pusiera roja rojita, y a los taladros se le escuchara más el ruido que producen para sacar el oro negro y no el de la corrupción.

El socialismo lo pudiéramos ver más de cerca; si cuando intentamos hablar con cualquier funcionario masca chicle, de los que se hacen colocar un afichote del Che detrás de su escritorio; pero que nunca se han leído ni un párrafo de lo que este camarada señaló en contra del burocratismo, nos pudiera atender con diligencia y eficacia a la hora de plantear un problema.

El socialismo que aspiramos comenzaría a materializarse, si los barrios de nuestras grandes ciudades no tuviesen fines de semanas bien rojitos, producto de tantos venezolanos, victimas del delito que guapea en cualquier esquina. En fin, el socialismo que queremos es tan sencillo, como el secreto de hacer las cosas rápidas y bien hechas, que es lo que caracteriza de verdad a un gobierno revolucionario y de paso socialista.

En fin, el socialismo que le gustaría al pueblo y a sus dirigentes de a pie, es aquel que ponga por delante los valores de la honestidad, la humildad, la solidaridad, y el que le permita el poder real de decidir y actuar libremente sobre su propio destino. Lo demás, seria empeñarnos en los esquemas del pasado, en cuanto a las formas de gobernar y a la vieja manía de los izquierdistas, de andarle buscando las once letras al socialismo cuando de verdad solo tiene diez.

*douglas.zabala@hotmail.com

jueves, 19 de noviembre de 2009

¿Que dice la teoria de enajenacion de Marx?


Marx habla del "trabajo enajenado". O sea, que se lo quitaron. A lo que se refiere es: si vos cortás un árbol y lo tallás para hacer una silla, una vez que terminaste podés mirár la silla y mirar tus manos y decir "yo lo hice, por lo tanto es mío"; sin embargo, en una fabrica en la que se utiliza el método fordista (ya en la época de Marx todas las fábricas lo utilizaban), a vos te llega un pedazo de madera a la que tenés que clavarle otro pedazo de madera, pero realmente no sabés ni qué es lo que estás haciendo o qué pedazo de la silla te tocó construir, al punto de que al ver la silla terminada en un stand de un supermercado uno no puede reconocer su propio trabajo en esa silla, no la siente como propia. Sin embargo, esa silla fue fruto de tu trabajo y del trabajo de tus compañeros, que juntos seguramente hicieron muchas más sillas de las que hubieran hecho cada uno por separado.

El tema es que el capitalista se aprovecha de este desconcierto del obrero y le hace creer que la silla en realidad pertenece al dueño de la fábrica. Esto tiene que ver con la expropiación de los medios de producción que es en definitiva lo que da origen al Capitalismo. Entonces, el salario que recibe el obrero no tiene relación con el precio de la silla. Si la silla aumenta de precio, aumentan las ganancias del capitalista pero no el salario del obrero. Marx cree que en realidad en esta situación al obrero se le expropia el producto de su trabajo, se le "enajena el trabajo".

Ahora, cuando se refiere al "hombre enajenado", Marx considera que en el capitalismo los objetos tienen mayor importancia que los sujetos (las personas). Es decir, que los objetos se han "humanizado" y los hombres se han "cosificado". Así es que el hombre es un objeto medible en tiempo. Según cuántas horas trabajes para mí es el salario que recibas. Es decir, al capatilista no le interesa si con eso te alcanza para vivir (lo trata como 'cosa' y no como persona), lo único que le interesa al capitalista es seguir ganado mucho dinero y en lo posible ganar más de lo que ya tenía. Por eso, dice Marx, que le da más importancia a los objetos que a los sujetos. La enajenación del hombre se da cuando el capitalista logra que el obrero entregue la mayor parte de su vida (todas las horas que trabaje) a un objeto que al final de cuentas nunca va a pertenecerle porque le ha sido enajenado.

En un sentido estrictamente teórico, "enajenación" se refiere a un sentimiento de separación, de estar solo y lejos de otros. Para Marx, la enajenación no era un sentimiento ni una condición mental, sino una condición económica y social de la sociedad de clases--en particular, de la sociedad capitalista.

La enajenación, en términos marxistas, se refiere a la separación de la masa de asalariados de los productos de su propio trabajo. Marx expresó primero esta idea, de forma algo poética, en sus Manuscritos de 1844: "El objeto que el trabajo produce, su producto, se presenta como algo opuesto a él, como una fuerza independiente del productor".

La mayor parte de nosotros no es dueña ni de las herramientas, ni de la maquinaria con que trabajamos, como tampoco de los productos que producimos--estos pertenecen al capitalista que nos empleó. Pero todo con lo que (o sobre lo que) trabajamos en algún momento provino del trabajo humano. La ironía es que dondequiera que miremos somos confrontados con la labor de nuestras propias manos y cerebros, y sin embargo estos productos de nuestro trabajo aparecen como cosas fuera de nosotros, y fuera de nuestro control.

El trabajo y los productos de nuestro trabajo nos dominan, en vez de lo contrario. En vez de ser un lugar en donde realicemos nuestro potencial, el lugar de trabajo es meramente un lugar al que nos vemos obligados a ir para obtener dinero para comprar las cosas que necesitamos.

"Así que", escribió Marx, "el trabajador se siente a si mismo cuando no trabaja; cuando trabaja, no se siente a si mismo. Se siente augusto cuando no trabaja, e incómodo cuando trabaja. Su trabajo, por lo tanto, no es voluntario sino forzado, es trabajo forzado. Es, por lo tanto, no la satisfacción de una necesidad pero un mero medio de satisfacer las necesidades fuera de éste. Su carácter enajenado es demostrado claramente por el hecho de que tan pronto como la compulsión física (o similar) deja de existir, se le rehuye como a la peste".

En la producción capitalista, los bienes se producen para el mercado, para obtener una ganancia. Lo que importa para el trabajador, como he dicho, es que él o ella obtenga una remuneración adecuada por su trabajo. Qué se produce, en este sentido, es inmaterial.

También es completamente inmaterial para los capitalistas. Mientras que lo que ellos hagan tenga un mercadeado y pueda ser vendido con una ganancia, a ellos no les interesa un comino si lo que venden son piedras o agua embotellada. En este proceso, el capitalista ve al trabajador como un mero componente de la producción--un bien (su trabajo) para ser exprimido tanto como sea posible.

Además, dado que el objetivo de la producción capitalista es la ganancia y no el satisfacer las necesidades humanas, los productos del trabajo efectuado anteriormente (denominado "muerto")--como la maquinaria y los materiales, que son controlados por los capitalistas--dominan completamente el trabajo actual (denominado "vivo"). Los trabajadores son literalmente esclavos de la máquina y del proceso del trabajo. Este los controla, en vez de lo opuesto.

Quizás una de las formas más degradantes de la enajenación es la manera en que todo puede convertirse en un bien que puede ser comprado y vendido--inclusive el sexo. Hay otro aspecto de la enajenación que Marx llamó el "el fetichismo de los bienes". Lo que él quiso decir con esta frase extraña es la manera en que la relación social entre seres humanos, en el contexto de la producción para el mercado capitalista, toma "la forma fantástica de una relación entre cosas".

La naturaleza anárquica e imprevista de la producción para el mercado implica que sus participantes no son capaces de controlarlo. El resultado es que el comienzo de un periodo de crecimiento económico o el desliz hacia una brusca contracción son acontecimientos que suceden independientemente de la voluntad de los participantes. "Para ellos", dice Marx, "su propia acción social toma la forma de actos de objetos, que gobiernan a los productores en vez de ser gobernados por ellos".

La única manera de superar la enajenación es cuando los trabajadores decidan abolir colectivamente su separación de la propiedad y el control de los medios de producción, y usen este control para abolir el mercado y lo reemplacen con una planificación consciente que permita satisfacer las necesidades humanas.