viernes, 29 de mayo de 2009

Una tarde con Gabo



Por: Leonardo Faccio

Con las canas prolijamente despeinadas, Gabriel García Márquez parece hoy, a los 81 años de edad, un emperador romano. Lo veo de cerca en México, entre postres y cafés de sobremesa, cuando empieza a recordar, en voz alta, aquella vez que viajó como periodista a la selva colombiana El Chocó. "Por allá no está pasando nada, por qué no vas para que pase algo", le dijo su jefe. Y Gabo fue. Y se inventó una guerra que el diario El Espectador publicó por capítulos.

"Todos los días enviaba un informe sobre una guerra que no existía", recuerda Gabo, y se ríe de sus tiroteos de ficción. Ahora se cumplen seis décadas desde que García Márquez se inició como redactor de noticias —porque pensaba que con la literatura no iba a ganar plata—. Y para celebrarlo, la primera semana de septiembre decidió hacer memoria entre periodistas y amigos, en un hotel cinco estrellas de Monterrey.

"Más que inventar las noticias, las promovíamos, porque al final la guerra empezó de verdad", aclara Gabo, mientras se lleva a la boca un postre de crema y nos hace pensar que su hígado sigue funcionando tan bien como su memoria.

Somos unas cien personas las que miramos atentamente a García Márquez. Lo acompaña José Salgar, su redactor jefe durante los años 50 en el diario bogotano El Espectador, que a sus 87 años dice que acaba de cumplir sus bodas de plata de las bodas de oro en el periodismo. También está Fidel Cano, el tataranieto del fundador de El Espectador, y Teodoro Petkoff, creador del MAS —Movimiento al Socialismo— en Venezuela, quien comparte con Gabo una amistad ligada a ideales políticos. Todos vinieron en calidad de cómplices y testigos para evocar, otra vez, muchas de las anécdotas que García Márquez escribió en sus memorias 'Vivir para contarla'.

Petkoff recuerda que en una inolvidable declaración de principios, Márquez le donó al MAS venezolano el premio Rómulo Gallegos de literatura, con el que fundaron el periódico Punto. Eran 100 mil dólares los que Gabo donó al partido, y ahora alguien se ocupa de aclarar que fueron entregados sin el consentimiento de Mercedes Barcha, la esposa de Gabo, que esta tarde también lo acompaña y asiente con un movimiento de cabeza.

Entre postres y cafés el ambiente se pone familiar en la tertulia. Porque en verdad, todos los que estamos aquí acabamos vinculados a la trayectoria periodística de García Márquez. Es decir: vinimos invitados por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que Gabo creó hace 15 años para formar y premiar a nuevas generaciones de periodistas, con maestros como Jon Lee Anderson y Ryszard Kapuscinski.

De hecho, antes de que Gabo comenzara a recordar viejas anécdotas todos habíamos participado de un seminario sobre calidad periodística relacionada a la Responsabilidad Social Empresarial. Y al día siguiente, quince cronistas seríamos premiados por el mismo Gabo, en reconocimiento a nuestro "buen hacer" periodístico y en una ceremonia en la que Iñaki Gabilondo recibiría un premio homenaje por su trayectoria en España. Pero de momento, en este restaurante de hotel, la charla con el Maestro trata de notas de ficción y prensa partidaria.

— "En esa época, los años 50, con cada noticia había que inventar el periodismo", irrumpió Salgar, con ánimo de introducir un buen ejemplo, y acto seguido invitó a Gabo a recordar los días en que el Papa Pío XII sufría un prologado ataque de hipo. La noticia llegó a la redacción de El Espectador con carácter de urgente y decía que si el hipo no paraba, acabaría con la vida del Papa Pacelli. Gabo y Salgar se pusieron a pensar cómo contarían esa historia de manera original.

— "Inmediatamente salimos a documentarnos sobre la historia del hipo", dice Salgar. Porque resolvieron que si el Papa moría —cosa que no sucedió—, pensaban titular "Triunfó el hipo", en vez de "Murió el Papa", como haría el resto de los periódicos.

— "Era la gozadera del periodismo: manipulábamos las noticias. Pero siempre con una base real, porque eso era lo que le gustaba a la gente", se excusa, al final, Gabo, como si a estas alturas realmente hiciera falta.

viernes, 22 de mayo de 2009

MARIO BENEDETTI, LA HUMILDAD DE LA GLORIA





Por: Por Fernando Butazzoni 

La obra literaria que ha dejado el uruguayo Mario Benedetti, muerto el domingo, es gigantesca y dispar. Decenas de libros de poesía, canciones, novelas, cuentos, crónicas, ensayos, teatro, humor. Como él mismo decía en broma: "Sólo me falta escribir una ópera".


Durante su largo paso por el mundo de las letras, conoció el éxito de ventas, el elogio de muchos colegas, las traducciones a decenas de idiomas, los premios y el cariño incondicional de sus lectores. Pero también tuvo que vérselas con críticos severos y con escritores y catedráticos que no apreciaban su obra o que fustigaban sus posturas políticas.

 Sin embargo, nadie discute que Benedetti fue el más montevideano de los escritores uruguayos. Y el más querido. Fue acaso el miembro más destacado de la llamada "Generación del 45", que estuvo integrada entre otros por Ángel Rama, Carlos Martínez Moreno e Idea Vilariño, y que operó como grupo de intelectuales con una fuerte impronta crítica y un marcado interés por los asuntos políticos y sociales.

 La escritura de Benedetti, en aquellos primeros años, estuvo marcada por su extraordinaria capacidad de observación del comportamiento social y por su afinidad con la ciudad y los temas urbanos. Su primer libro significativo fue "Poemas de la oficina" (1956), un manojo de textos en los que revelaba el drama existencial de toda una clase social --la pequeña burguesía urbana--, entrampada en las rutinas burocráticas de un Estado benefactor y omnipresente.

 Era aquel el Uruguay "de las vacas gordas" o, como él mismo lo describiera en un poema, "el país verde y con tranvías", tan lejano en apariencia a la América Latina de los indios, los mayorales y las dictaduras.

 Visto hoy, aquel país parece de mentira: acreedor de las grandes potencias europeas, con una sólida vida democrática, con grandes exponentes culturales y deportivos, y con una ciudad capital como Montevideo, que se preciaba de ser "ciento por ciento europea". Se lo llamaba, al país, "la Suiza de América". Era el Uruguay que aún celebraba a Juana de Ibarbourou como "Juana de América"; el mismo, por cierto, que festejaba la conquista del Campeonato Mundial de Fútbol en el estadio brasileño de Maracaná, en 1950.

 Ese país, sin embargo, comenzaba a desmoronarse en su tejido social. Y Benedetti no solamente fue capaz de percibir tempranamente ese derrumbe, sino que lo describió de forma sencilla, clara, renunciando a las trampas del estilo para ganar en franqueza y en comunicación con sus lectores.

 Si los "Poemas de la oficina" fueron una notable carta de presentación en el ámbito literario nacional, su novela "La tregua", publicada en 1960, fue su consagración como escritor y a la vez como personaje. El libro, que tuvo una primera edición modesta, se convirtió enseguida en un best-seller fulminante. Rápidamente se tradujo a muchos idiomas y le ganó a su autor una fama internacional hasta entonces casi desconocida para un escritor uruguayo.

 "La tregua" narra la historia del oficinista llamado Martín Santomé, quien ya en la edad madura conoce y se enamora de Laura Avellaneda, una compañera de trabajo. La tensión dramática se logra a través de un recurso tan simple y verdadero como la vida misma: la enfermedad y la muerte de la heroína.

 Escrita a manera de diario del protagonista, la novela funciona como una perfecta máquina de relojería destinada a despertar en los lectores la empatía con los personajes y también la reflexión sobre la rutina gris de cada día. La emoción es la justa, las palabras son apenas las necesarias.

 Muchos se han preguntado por el secreto del éxito de este libro, que ha sido traducido incluso al chino y que lleva 175 ediciones registradas (sin contar las decenas de ediciones piratas que han circulado en Argentina, Chile, México y otros países).

 La clave para entender la popularidad de la novela (que fue llevada por Sergio Renán al cine en 1974) está dada por la sencillez y hondura de una trama urbana con la que casi cualquier persona puede identificarse.

 En el ámbito novelístico, Benedetti publicó también "Gracias por el fuego" en 1965, una historia de miserias familiares con final impactante. El personaje principal, Ramón Budiño, es hijo de uno de esos poderosos magnates de los negocios y el periodismo, con fuertes contactos en el mundo de la política.

 Ramón reniega de los chanchullos familiares y trama el asesinato de su padre pero, al final, termina por arrojarse desde un edificio. La novela había sido finalista en 1963 del premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, en España. Sin embargo, en ese país el libro fue censurado por el franquismo y sólo pudo publicarse en 1974.

 Contaba el propio escritor que, antes de que la novela se publicara en Uruguay, él se la dio a leer a algunos de sus amigos escritores y críticos (Martínez Moreno, Ángel Rama, Juan Carlos Onetti). Varios le señalaron como una objeción el final, que consideraban poco menos que inverosímil.

 "En Montevideo --decían-- la gente no se suicida tirándose de los edificios". Pues bien, pocas semanas después, el mismo día en que se presentaba la novela, un hombre se arrojó desde el vigésimo piso de un céntrico edificio montevideano. Benedetti, con rostro serio, solía bromear con eso: "Juro que yo no lo contraté".

 Instalado como escritor prestigioso e intelectual de izquierda, en 1971 Benedetti resolvió arriesgarlo todo en una apuesta política de vanguardia: aceptó integrar la dirección del Movimiento 26 de Marzo, una organización vinculada al Frente Amplio.

 Eso y su sostenido y público apoyo a la Revolución Cubana lo llevaron a escribir artículos, reportajes, poemas, teatro y hasta una novela en verso ("El cumpleaños de Juan Ángel", publicada en 1971 y dedicada al líder guerrillero Raúl Sendic) con un marcado compromiso militante. Así se ubicó en la mira de la derecha más retrógrada del país. Así llegó, en 1973, el exilio. "O te vas o te meten preso", le dijeron.

 Fue un período de 12 años muy rico, pero también muy complejo y doloroso para él. Primero en Buenos Aires, luego en Lima y después en la Habana y en Madrid, Benedetti redobló su militancia y siguió escribiendo y publicando. Con ello extendió su fama, y el reconocimiento de su obra se hizo universal.

 Los años del exilio se reflejan en su obra con un fuerte compromiso político y social. La novela "Primavera con una esquina rota", los cuentos de "Geografías", la dramaturgia de "Pedro y el capitán". Y la poesía que siempre, de manera constante, fue construyendo su más alta dignidad como escritor y, curiosamente, sus máximas cimas de popularidad.

 Tras el exilio, fueron Daniel Viglietti y Nacha Guevara quienes musicalizaron y cantaron algunos de sus poemas. Decir en el Uruguay de hoy "somos muchos más que dos" es mencionar sin nombrarlo a Benedetti, autor de esos versos cantados por la Guevara.

 Pero fue con el trabajo que realizara con el catalán Joan Manuel Serrat, que su figura se convirtió en icono de la cultura popular en todo el ámbito hispanoamericano.

 El resultado de esa colaboración fue el disco "El Sur también existe" (1985) que, en cierto sentido, es un buen resumen de las claves temáticas y estilísticas del escritor: el amor, la lucha, el espíritu antiimperialista, la ironía y una innegable capacidad para convertir en poesía aquello que el común de la gente dice y piensa. El propio título expresa esa síntesis de forma admirable.

 Su muerte y las repercusiones que ha generado en todo el mundo permiten, más allá del dolor --o tal vez gracias a él-- entender el "fenómeno Benedetti" en toda su dimensión.

 Muchas veces compartí con él reuniones, foros literarios, la mesa de algún bar, caminatas. Y siempre aparecía gente como de la nada. Decenas de jóvenes, de mujeres, de chiquilines. Le pedían autógrafos, una foto, la dedicatoria de algún libro. Lo abrazaban, lo besaban, lo estrujaban.

 Una vez, en Madrid, junto a los portones del Palacio de Linares, a él casi le arrancan la corbata y a mí la cabeza. En Buenos Aires, en la Feria del Libro de 1997, no sabíamos cómo hacer para sacarlo indemne de la sala donde acababa de dar una charla, pues cientos de entusiastas lectores esperaban para darle un abrazo. "Deciles que soy asmático", murmuraba entre bromas y veras.

 Siempre establecía un estado de gracia con la gente. Una comunión hecha de bondad y discreción. Una fraternidad que nacía en su escritura y que terminaba por ser un abrazo cálido que cada quien sentía como propio y único.

 Se puede decir que Benedetti, con su obra y su ternura, tan tímido él y a la vez tan decidido, abrazó a la humanidad entera. Por eso sus libros son universales. Por la estatura humana de quien los escribió. Así es que ahora Mario, el entrañable Mario, se instala en la más humilde y eterna de las glorias, la del cariño agradecido de su pueblo.

 *.-El autor es escritor y director de comunicaciones de la Intendencia Municipal de Montevideo.
(Fuente: http://www.emancipacion.org/modules.php?name=News&file=article&sid=2284)